Basta sentarse en una reunión con inversionistas y escuchar una pregunta recurrente, ¿qué parte de estos resultados corresponde realmente al negocio?, para entender por qué el IASB decidió emitir la NIIF 18. Usualmente, el silencio asociado a la pregunta anterior vale más que cualquier nota a los estados financieros. Durante años la línea de "utilidad operativa" ha funcionado con una marcada diversidad de criterios, donde cada empresa aplicaba su propio criterio y cada industria su propia interpretación. El resultado se convierte en algo previsible: los analistas reconstruyen el estado de resultado del periodo para poder lograr comparabilidad entre las partidas.
Esa frustración, la de no poder comparar cifras que nunca fueron del todo equivalentes, es la que el IASB decidió atender con la NIIF 18, Presentación e Información a Revelar en los Estados Financieros, emitida el 9 de abril de 2024 y con aplicación obligatoria para periodos que inicien el 1 de enero de 2027. Aunque suene como "otra norma más", tiene un trasfondo diferente. Esta vez, el cambio toca una fibra que los inversionistas llevaban años pidiendo: poder ver, de una manera más ordenada, qué actividades del negocio verdaderamente generan valor.
Varios principios de la NIC 1 se mantienen. Lo que cambia es la forma en que se organizan las partidas dentro del estado de resultado del periodo. Ya no se trata de decidir libremente dónde clasificar un ingreso o un gasto. A partir de ahora, cada partida deberá ubicarse en una de cinco categorías: operativa, inversión, financiación, impuestos a las ganancias y operaciones discontinuadas. Las tres primeras son las verdaderas protagonistas.
La categoría operativa se define de manera deliberada como residual: todo lo que no calza en inversión ni financiación, aterriza ahí. ¿Por qué? Porque es precisamente en esa "residualidad" donde se concentra el corazón del negocio, aquello que la empresa hace día tras día para ganarse la vida. La categoría de inversión captura, entre otras transacciones, los resultados de asociadas, negocios conjuntos, efectivo y, en general, activos que generan retornos de manera independiente del resto de las operaciones. La categoría de financiación, por su parte, agrupa los efectos de pasivos contraídos para obtener fondos, así como otras transacciones de naturaleza financiera definidas por la norma.
Además, la norma estandariza la presentación de subtotales clave dentro del estado de resultado del periodo: utilidad operativa, utilidad antes de financiación e impuestos, y utilidad del periodo. Si bien algunos de estos ya se venían reportando, la NIIF 18 establece definiciones y ubicaciones uniformes que antes quedaban a criterio de cada empresa. Son tres líneas que, leídas en conjunto, permiten entender con mayor precisión cómo se forma el resultado del periodo.
Aquí es donde la norma toma especial relevancia para quienes llevamos años defendiendo la contabilidad de costos y el Activity-Based Costing (ABC), observamos que la contabilidad financiera comienza a alinearse con esa visión.
La contabilidad analítica, el ABC/ABM, el costeo por actividades, el análisis de rentabilidad por producto, cliente o canal siempre ha tenido una premisa clara: los recursos no se consumen por cuentas contables, se consumen por actividades, y son esas actividades las que generan (o destruyen) valor económico. El problema histórico era que la contabilidad financiera, organizada alrededor de gastos por naturaleza o función, no conversaba con esa realidad operativa. Los libros mayores se estructuraban "alrededor de desembolsos en lugar de actividades", obligando a traducir una y otra vez la información para poder tomar decisiones.
La NIIF 18 no resuelve esa brecha por completo —sigue siendo una norma de presentación y no afecta reconocimiento ni medición—, pero sí construye un puente. La norma empuja a las empresas a preguntarse seriamente qué forma parte de su negocio principal, identificar qué actividades generan valor, separar lo operativo de lo accesorio y, lo más difícil, comunicarlo sin rodeos. Todas esas cuestiones son, en esencia, las mismas que un buen modelo ABC intenta responder desde hace tres décadas.
La NIIF 18 introduce además un concepto que va a dar mucho de qué hablar: las Management-defined Performance Measures, o MPMs. Esas métricas tipo "EBITDA ajustado", "utilidad operativa recurrente" o "margen core" que las empresas comunican afuera de los estados financieros (earnings releases, presentaciones a inversionistas o páginas web), pero que históricamente vivían en un limbo sin auditoría.
A partir de la NIIF 18, esas medidas deberán revelarse en una única nota dentro de los estados financieros, reconciliadas con el subtotal NIIF más cercano, con divulgación del efecto en impuestos e intereses no controladores. Adicionalmente, quedan sujetas a auditoría.
¿Qué implica esto en la práctica? Que la métrica que el CFO presume en un "roadshow" tendrá que estar tan bien soportada como la utilidad del periodo. Que el área de control de gestión y la de reporte financiero deberán trabajar de forma mucho más coordinada. Los sistemas, catálogos de cuentas y procesos tendrán que rediseñarse para producir información consistente entre lo interno y lo externo.
A primera vista, muchas empresas pensarán: "nosotros ya presentamos utilidad operativa, esto no nos afecta". Lo cierto es que la NIIF 18 exige juicios complejos para decidir qué es operativo, qué es inversión y qué es financiación, y las definiciones cambian según la naturaleza del negocio principal. Un banco, por ejemplo, presentará sus intereses en la categoría operativa, mientras que una empresa industrial los llevará a financiación.
Además, quienes presenten gastos por función deberán revelar, en una sola nota, los gastos por naturaleza especificados: depreciación, amortización, beneficios a empleados, deterioros e inventarios. Esto obliga a repensar el plan de cuentas, los mapeos y los sistemas de información. Dado que la aplicación es retroactiva, el periodo comparativo debe prepararse con anticipación.
Con esta norma, la contabilidad financiera se aproxima a una visión que la contabilidad analítica viene planteando desde hace tiempo.
Para los inversionistas, representará un avance largamente esperado. Para los CFOs y equipos financieros, será un reto más allá de lo técnico. Para quienes vivimos entre los costos, las actividades y los procesos, será la oportunidad de que el estado del resultado del periodo refleje con mayor claridad cómo una empresa genera, o destruye, valor.
Falta poco para 2027. Parece mucho, pero cualquiera que haya liderado un cambio de plan de cuentas sabe que no lo es. Las conversaciones con la alta dirección, equipos de auditoría y de sistemas deberían iniciarse este mismo trimestre.
Por Raúl de Gracia, Gerente Senior de Consultoría en PwC Panamá