Federico Morello
Socio Líder Consultoría
"La verdadera diferenciación no estará en adoptar IA más rápido que otros, sino en entender cómo esa IA redefine el posicionamiento, las capacidades distintivas y el modelo de negocio de cada organización."
Cuando la presión por “tener IA” supera la claridad estratégica sobre para qué utilizarla, la narrativa termina reemplazando a la transformación real.
Durante años, el concepto “FOMO” (“Fear of Missing Out”) describió la ansiedad de quedarse fuera de algo relevante: una experiencia, una tendencia o una oportunidad que otros parecían aprovechar antes que uno. Hoy, el mundo corporativo vive su propia versión: “FOMA” (“Fear of Missing AI”).
Directorios, CEOs y equipos ejecutivos sienten una presión creciente por demostrar avances en inteligencia artificial, muchas veces antes incluso de comprender cómo esta tecnología impacta realmente su modelo de negocio o su estrategia competitiva. La IA, más que ser percibida como una herramienta tecnológica, se transformó en una señal de modernidad corporativa.
Y ahí comienza el problema. El FOMA está llevando a muchas organizaciones a tomar decisiones apresuradas: pilotos desconectados del negocio, automatización sin rediseño operativo, compra impulsiva de herramientas, iniciativas aisladas sin “governance” y programas de capacitación fútiles sin una transformación real detrás.
Pero quizás el error más importante sea otro: adoptar IA sin revisar la estrategia corporativa. Muchas compañías siguen abordando la inteligencia artificial como algo táctico, una capa tecnológica que puede agregarse sobre una estrategia diseñada para un contexto que ya comenzó a cambiar. Porque la IA no solo optimiza procesos. Está modificando expectativas de clientes, reduciendo barreras de entrada, redefiniendo capacidades competitivas y alterando la forma en que las industrias capturan valor.
Al respecto, PwC estima que la IA podría incrementar el PIB global en torno a un 15% hacia 2035. Pero el verdadero impacto no es económico. Es estratégico: trillones de dólares cambiarán de industrias, modelos de negocio y cadenas de valor.
En otras palabras, la IA no está simplemente acelerando empresas existentes. Está reconfigurando las reglas competitivas sobre las cuales esas empresas fueron diseñadas.
Sin embargo, en medio de esta ansiedad corporativa, comienza a aparecer otro fenómeno igual de preocupante: el “AI Washing”. Empresas que exageran capacidades, rebautizan automatizaciones tradicionales como inteligencia artificial o comunican más transformación de la que realmente existe.
El AI Washing es la consecuencia natural del FOMA. Cuando la presión por “tener IA” supera la claridad estratégica sobre para qué utilizarla, la narrativa termina reemplazando a la transformación real.
La paradoja es evidente: muchas organizaciones creen estar preparándose para el futuro, cuando en realidad solo están reaccionando al miedo de parecer rezagadas.
Y probablemente ese sea el principal riesgo estratégico de esta etapa. Porque en pocos años usar inteligencia artificial dejará de ser una ventaja competitiva. Será simplemente una condición mínima para competir. La verdadera diferenciación no estará en adoptar IA más rápido que otros, sino en entender cómo esa IA redefine el posicionamiento, las capacidades distintivas y el modelo de negocio de cada organización.
Las empresas que actúen únicamente desde el FOMA probablemente acumulen herramientas, pilotos y titulares. Las que incorporen la IA desde la estrategia tendrán la posibilidad de redefinir su industria antes que otros lo hagan por ellas.