Opinión | Los impuestos como armas

Fecha: 16-06-2021
Medio: El Mercurio

  • La noche del 16 de diciembre de 1773, en la bahía del puerto de Boston, flotaban más de 45 toneladas de té. Fueron arrojadas al mar por un grupo de colonos que se hacían llamar hijos de la libertad y que asaltaron el Dartmouth, como reacción frente a los impuestos ingleses sobre este producto.

    Aunque estos tributos perseguían desestabilizar cualquier intento independentista, el motín del té dio inicio al proceso que llevó a los Estados Unidos a la revolución, y el rechazo al consumo de esta bebida persistió en la memoria colectiva, llevando a los americanos a modificar sus hábitos y convertirse en los mayores consumidores de café del mundo. El 14 de febrero de 1878, la Asamblea Nacional de Bolivia aprobó un impuesto de 10 centavos por cada 100 kilos de salitre exportado por la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, de capitales chilenos e ingleses. Detrás de esta medida estaba el propósito de terminar las concesiones chilenas y recuperar los derechos de explotación.

    Debido a que el impuesto, los embargos y la anulación de licencias que se decretaron violaban de manera flagrante el Tratado de Límites entre Chile y Bolivia, las fuerzas chilenas se sintieron legítimamente autorizadas para ocupar Antofagasta. Estos dos ejemplos históricos de enorme trascendencia dan cuenta de los peligros que representa usar los impuestos como armas, de unos contra otros. El sistema tributario no es el campo de batalla para tomar revancha o humillar al enemigo. Sin embargo, esta idea parece inspirar ciertas iniciativas fiscales que han estado planteándose políticamente y que no hacen más que exacerbar el clima de confrontación, llevándolo ahora a la arena impositiva.

    El sistema tributario del futuro requiere de un amplio consentimiento y solo será sostenible en el tiempo en la medida que incluya a todos los ciudadanos como obligados a contribuir, obviamente, de acuerdo con su capacidad económica. La realización de los derechos políticos, sociales y culturales que la nueva institucionalidad requiere profundizar necesitará de mayores recursos. Quienes más contribuyan deben ser respetados por su aporte y no castigados por estar en posición de efectuarlo. Nuestro orden impositivo debe ser el espacio donde se realiza pacíficamente el deber jurídico de solidaridad entre los ciudadanos, y se construya el bien común, sin afrentas ni expoliaciones.

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