Los objetivos de desarrollo sostenible y su aporte a la estrategia corporativa

Ernesto Ríos

Fecha: 06-11-2017
Medio: El Mercurio - Economía y Negocios

Victor Salinas, Analista Senior, Sustentabilidad y Cambio Climático, PwC Chile.

En los últimos resultados del sondeo chileno sobre “Empresas y Derechos humanos” de Acción Empresas y Cadem, el 55% de las personas señala que “asegurar una educación de calidad” es el principal desafío para que Chile alcance el desarrollo sostenible, seguido por un 52% que señala que el principal desafío es “disminuir los niveles de pobreza y desigualdad”. ¿Cuál es el problema? Que solamente un 37% de las personas considera que las grandes empresas aportan al desarrollo sostenible.

En este contexto, ¿cómo podemos avanzar a través de acciones trazables y en un lenguaje común hacia un “capitalismo consciente” que aporte al desarrollo sostenible? Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) resultan útiles, como hoja de ruta, para que las empresas, y otras organizaciones, aporten al desarrollo sostenible, pues se enmarcan en una agenda global que unifica los esfuerzos de gobiernos, ONGs y sociedad civil, al mismo tiempo que otorga, y solicita, un rol muy relevante al sector privado.

Los ODS son un set de 17 objetivos que buscan lograr, para el año 2030, el “fin a la pobreza”, “hambre cero”, “producción y consumo responsables”, “energía asequible y no contaminante”, entre otros. Estos objetivos fueron propuestos por representantes de la academia, sociedad civil y gobiernos de todo el mundo durante el año 2014, y aprobados el año 2015 por los 193 estados miembros de la ONU, entre ellos, Chile. Los estados se comprometieron a cumplir con los ODS, oficiando el rol de propiciar un entorno regulatorio que permita cumplirlos, por lo que otorgarán y exigirán del sector privado nuevas y crecientes medidas para el logro nacional de dichos ODS.

La particularidad de los ODS es que cuentan con metas, indicadores y fechas de cumplimiento que son monitoreados a través de informes anuales que realiza el Estado de cada país, y esta configuración de metas e indicadores resulta útil para el desarrollo de estrategias corporativas, pues permite materializar el, a veces ambiguo, concepto de “Ciudadanía corporativa”, aportando a la evolución desde el relacionamiento con sus comunidades adyacentes hacia la creación de valor al conjunto de la sociedad.

Las empresas y otras organizaciones pueden avanzar en la identificación y gestión de ODS de acuerdo a su negocio y cadena de suministro. Así, incorporar los ODS a la estrategia de la empresa puede permitir, a través de metas trazables, comparables y en un lenguaje de común conocimiento, “recuperar la confianza de la sociedad civil y garantizar la licencia social para operar, trabajando conjuntamente con gobiernos, consumidores, colaboradores y sociedad civil para lograr los ODS”, como plantea la World Business Council for Sustainable Development. De esta manera pueden, por un lado, ejercer el rol social demandado por la sociedad y, por otro, en un contexto de desconfianza en las empresas, construir nuevas relaciones de confianza desde un gobierno corporativo alineado con mejores prácticas que van más allá del compliance, aportando a la acción por el clima, mejoramiento de infraestructura y condiciones laborales, la salud y seguridad ocupacional, la disminución de brechas de género, entre otros objetivos universales enmarcados en una agenda global, medible y con miras al año 2030.

En el plano local, estamos próximos al cierre del año fiscal y, por ende, próximos a un nuevo período de reporting corporativo, proceso que cobra especial relevancia al ser un buen momento para integrar los ODS a la gestión, asumiendo compromisos, midiendo avances y, por sobre todo, sumando los ODS a sus procesos de materialidad y consulta a grupos de interés.

A través de la hoja de ruta ODS, las empresas pueden comenzar a consolidar sus operaciones de manera armónica, equilibrando su vocación económica con las expectativas sociales, pues tanto autoridades, inversionistas, clientes, proveedores y comunidades cercanas están enfocando cada vez más su mirada en el desarrollo multidimensional aportado por el sector privado.

Cuando nuestro premio nacional de Arte Israel Roa retrató en su pintura "18 de septiembre" la celebración popular de esta fiesta, nos transmitió, como buen exponente del expresionismo, una sensación de desenfado, despreocupación y alegría.

Lo cierto es que sumado a todo el contenido que ya tiene esta celebración y del cual en parte se hace cargo nuestro pintor, debe sumársele su gran significación tributaria y su importante efecto recaudatorio.

Mayor tributación a la renta por los aguinaldos y los infaltables gastos rechazados, porque las celebraciones no generan renta sino para el erario. Mayor recaudación de IVA por el incremento del consumo desde los volantines, la ropa huasa, la carne y las empanadas, y del impuesto a las bebidas que grava al pisco, al pipeño, a la chicha y a la granadina.

Así las cosas, solo falta una cueca que celebre y engalane la fiesta del fisco.

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