Lo clásico y moderno en la Reforma Tributaria

Ernesto Ríos

Fecha: 14-11-2018
Medio: El Mercurio

Francisco Selamé, socio líder de PwC Chile.

Muchos son los aspectos en que la reforma tributaria es fiel a su énfasis modernizador, tales como gastos rechazados, incentivos a la inversión, avenimiento extrajudicial, simplificación de registros e impuestos digitales, pero hay una materia en la que el proyecto no tiene nada de moderno, sino que por el contrario toma su inspiración en tiempos remotos. 

Se trata del claro propósito que se infiere en muchas de sus disposiciones, de reencauzar la práctica del Derecho Tributario por el sendero de la legalidad. Nuestra Constitución, recogiendo una larga tradición histórica, establece que sólo en virtud de una ley se pueden imponer, suprimir, reducir o condonar tributos de cualquier naturaleza. 

Este principio fundamental del Estado de Derecho que se remonta a la Carta Magna, y que contiene una prohibición implícita de establecer tributos al ejecutivo, a la administración y a los tribunales, parece haberse relajado en la vorágine de nuestra práctica tributaria. Conforme a esta norma el Servicio de Impuestos Internos debe ser el primer garante del cumplimiento de la ley tributaria. 

Tanto de la ley tributaria de fondo que crea la obligación tributaria del contribuyente, como de la ley tributaria procesal y administrativa que regula y limita sus propias facultades de fiscalización y persecución del pago de los impuestos. De la misma manera, en virtud del principio de legalidad los tribunales tributarios y aduaneros y los tribunales superiores de justicia deben resolver los casos que conocen con estricta sujeción a la ley tributaria y, no conforme a una ideología o a su sentido de la justicia o equidad, que además suelen mudar de tiempo en tiempo. 

El Derecho Tributario debe protegerse a sí mismo y en este sentido el proyecto cierra espacios que hasta ahora estuvieron abiertos a la discrecionalidad o arbitrariedad de la administración y los jueces, y con este fin entre otras medidas, fortalece los derechos de los contribuyentes; establece plazos ciertos de caducidad terminando con las fiscalizaciones in illo tempore de créditos fiscales, pérdidas y capital propio tributario; impide volver a fiscalizar sobre hechos o criterios tributarios ya revisados; y, obliga a la administración a fundar sus actos. Volviendo su mirada a los viejos fundamentos del Derecho Tributario que parecían postergados, el proyecto revitaliza y reivindica, como hacía tiempo no ocurría, la igual sujeción de contribuyentes y autoridades al imperio de la ley.

Cuando nuestro premio nacional de Arte Israel Roa retrató en su pintura "18 de septiembre" la celebración popular de esta fiesta, nos transmitió, como buen exponente del expresionismo, una sensación de desenfado, despreocupación y alegría.

Lo cierto es que sumado a todo el contenido que ya tiene esta celebración y del cual en parte se hace cargo nuestro pintor, debe sumársele su gran significación tributaria y su importante efecto recaudatorio.

Mayor tributación a la renta por los aguinaldos y los infaltables gastos rechazados, porque las celebraciones no generan renta sino para el erario. Mayor recaudación de IVA por el incremento del consumo desde los volantines, la ropa huasa, la carne y las empanadas, y del impuesto a las bebidas que grava al pisco, al pipeño, a la chicha y a la granadina.

Así las cosas, solo falta una cueca que celebre y engalane la fiesta del fisco.
Lo clásico y moderno en la Reforma Tributaria

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