La fragancia de dar

Ernesto Ríos

Fecha: 06-11-2017
Medio: El Mercurio - Economía y Negocios

Francisco Selamé, socio de PwC Chile.

Desde las bancas en los senderos del apacible Central Park, con sus románticas placas dispuestas por los donantes, enamorados de la ciudad y del parque, hasta el financiamiento de ambiciosos proyectos que pretenden desterrar definitivamente las enfermedades del mundo, la filantropía se despliega y expresa en Nueva York quizá como en ningún otro lugar en el mundo. 

Lo anterior no sólo se explica por la riqueza y generosidad de sus habitantes, sino por un marco regulatorio que favorece y reconoce la iniciativa privada y que mas allá de la mera colaboración le atribuye a esta una función competitiva a la labor benefactora del Estado.

En Chile en cambio, una legislación anacrónica, dispersa y desordenada, fundada mas bien en la desconfianza y la sospecha, no sólo no permite deducir de impuestos las donaciones sino que por regla general las inhibe, penalizándolas con una sobreimposición a la renta, fundada en una interpretación mezquina y fiscalista del gasto rechazado. De esta manera la fragancia de dar, que es la del mirto en el aire, en la bella evocación poética del poeta árabe Khalil Gibran, no llega al valle de nuestras necesidades. 

Cuando nuestro premio nacional de Arte Israel Roa retrató en su pintura "18 de septiembre" la celebración popular de esta fiesta, nos transmitió, como buen exponente del expresionismo, una sensación de desenfado, despreocupación y alegría.

Lo cierto es que sumado a todo el contenido que ya tiene esta celebración y del cual en parte se hace cargo nuestro pintor, debe sumársele su gran significación tributaria y su importante efecto recaudatorio.

Mayor tributación a la renta por los aguinaldos y los infaltables gastos rechazados, porque las celebraciones no generan renta sino para el erario. Mayor recaudación de IVA por el incremento del consumo desde los volantines, la ropa huasa, la carne y las empanadas, y del impuesto a las bebidas que grava al pisco, al pipeño, a la chicha y a la granadina.

Así las cosas, solo falta una cueca que celebre y engalane la fiesta del fisco.

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