"Ya no alcanza con ofrecer un bien o un servicio de calidad. De la empresa se espera compromiso. "Por Marcos Soto Diario El Observador 14 de noviembre de 2008 No es un problema de oportunidad, sino de principios. Y debe integrarse a la cultura de la organización Con frecuencia observamos como las empresas, a través de sus gobiernos corporativos, deciden la forma en que conviven en la sociedad. A su vez es notorio que los distintos agentes vienen incrementando las exigencias sobre las compañías, intentando imponer prácticas que hagan asumir la responsabilidad que aquellas tienen en la conservación inequívoca de valores fundamentales y sobre el desarrollo sustentable de la comunidad en su conjunto. Es en este contexto que el tema de la responsabilidad de la empresa en la sociedad debe entenderse no ya como un simple modismo del management sino que debe incorporarse como práctica habitual, y por tanto cultural, en la vida de todos los integrantes de la empresa. Resulta oportuno intentar aproximarnos a que tipo de practicas son las que nos acercan a actuar con responsabilidad social e identificar aquellas que si bien a priori son catalogadas como tales, no configuran por si solas un actuar socialmente responsable. Comencemos por estas últimas, donde nos encontraremos con dos típicos ejemplos: el denominado “marketing solidario” y las prácticas tranquilizantes. El “marketing solidario”, conlleva un propósito dual, por un lado colaborar con alguna causa social, pero por el otro persigue posicionar a la compañía en el mercado. Las prácticas tranquilizantes, constituyen aportes voluntaristas, aislados y poco sincronizados en los que las compañías invierten fondos en un evento u organización con fines sociales, con el único propósito de completar a modo de checklist las dimensiones estratégicas previstas por la Dirección. Si bien ambas son prácticas válidas, en la medida de que seguramente estos recursos no llegarían por otra vía a las citadas causas, no constituyen por si, la definitiva asunción de la responsabilidad que las empresas tienen en la sociedad. Por el contrario, la mencionada asunción comienza necesariamente dentro de la propia empresa e implica cumplir cabalmente con sus finalidades económicas. Es decir, la forma en como sirve a sus clientes, procurando calidad permanente y creación de valor; la relación con sus trabajadores, cuidando de su formación y desarrollo continuo; el fuerte vínculo con sus proveedores basado en confianza y transparencia; el estricto cumplimiento de las normas legales y tributarias vigentes; la competencia basada en la integridad; los aportes a su entorno y protección del medio ambiente; y el celoso cuidado de los intereses de los accionistas. Como se podrá comprender, acciones tendientes a contemplar cada finalidad económica podrían resultar en un contrasentido, por lo que cada gobierno corporativo deberá procurar, en base a prudencia y discernimiento, un responsable equilibrio. Es preciso pues, repensar la forma en que la empresa convive en sociedad, y en que medida se orienta hacia la conservación de valores y al desarrollo progresivo de su comunidad. Debiéramos concluir entonces, con cierta claridad, que no es un problema de oportunidad sino que de principios, los cuales deben entenderse como parte integral de las estructuras organizativas, por encima de cualquier coyuntura. El tema cobra particular relevancia bajo el entendido de que las probabilidades de supervivencia de las compañías en el largo plazo están ligadas a una actuación socialmente responsable: foco en el cliente, cuidadas relaciones con colaboradores, proveedores, competencia y Estado, parecen ser la formula que asegure, a lo largo del tiempo, prestigio social y un adecuado retorno para el capital. |