El Comercio
Miguel Mur
Socio TLS
Enero de 2012
Durante buen tiempo, diversos factores en el Perú obligaron a extremar la reserva en la información de las empresas. Hoy, felizmente, esas razones se han superado, y la empresa privada tiene, más bien, una gran necesidad de explicar e informar a la población sobre el rol que cumple en la sociedad.
Esto también ocurre en países desarrollados. La crisis y su cortejo de quiebras han afectado la reputación de las grandes corporaciones que tienen que salir al frente a explicar cómo son manejadas, cuál es su compromiso con los intereses generales, qué importancia le dan al factor económico y cómo concilian sus resultados con los valores de la sociedad.
Hace poco en el Reino Unido, las corporaciones optaron libremente por dar cuenta de su contribución fiscal, y divulgar sin temor sus estrategias impositivas, bajo el entendido de que son mayores los beneficios de dar esta información que el secretismo, pues este solo ayuda a la formación de una idea equivocada y prejuiciosa de sus negocios.
Asimismo, las mayores fortunas de Francia y Alemania han reclamado a su gobiernos mayores impuestos sobre sus patrimonios, lo que no se explica por un falso patriotismo, protagonismo o temor político, sino porque asumen que la clase media y la paz social son buenos negocios para el capitalismo.
La integridad del gasto social depende de cuántos impuestos pagan las empresas, y ciertamente, las poblaciones más necesitadas no pueden esperar que este gasto crezca si ellas no apoyan la sostenibilidad de las inversiones.
En el Perú, el nuevo diálogo entre empresas y Estado debería empezar por poner sobre la mesa lo que las primeras ya aportan y el crecimiento esperado de tal o cual contribución ante la expectativa de la población, la que sin duda tiene derecho a percibir progresivamente los beneficios del crecimiento y el desarrollo.
La economía de la reputación es una feliz expresión acuñada en reciente foro, que da cuenta de la gran importancia que alcanza en nuestros tiempos la transparencia, junto con la difusión de los indicadores no financieros como expresión de cuánta riqueza seremos capaces de generar en el futuro.
Así, una buena reputación se traduce para las empresas en nuevos clientes, más proveedores interesados, mejores términos de intercambio y negociación, talentos nuevos deseosos de ingresar a ellas, un Estado más compresivo de sus necesidades y limitaciones, y una ciudadanía que defiende su rol y su presencia.